miércoles, 2 de septiembre de 2015

Inmersos en las conspiraciones

Hay gente que, como yo, ven conspiraciones por doquier. ¿Alguna vez te llamaron “conspiracionista”? ¿O fuíste tú quien llamaste “conspiranoico” a otro? Tales expresiones no existen realmente, pero se utilizan para hacer referencia a las teorías de la conspiración.

Empecemos por el principio: ¿sabemos lo que es una conspiración? Según la Real Academia de la Lengua, una conspiración es la unión de varias personas contra su superior o soberano, o bien contra un particular, con el fin de hacerle daño. Muchos estaríamos de acuerdo en que una conspiración política viene a ser un acuerdo secreto entre varias personas con el fin de deponer al poder establecido. ¿Quieres ejemplos?: el complot organizado por los militares para derrocar la II República española en 1936; o el que derrocó a Allende en Chile, en 1973. ¿O acaso crees que fueron actos espontáneos, no planificados, que ocurrieron porque Dios así lo quiso?

Dudas que el conspiracionismo sea una corriente de pensamiento. Dices, en cambio, que se trata de un peculiar esquema de pensamiento que interpreta que detrás de “la realidad”, siempre se puede encontrar una voluntad materializada en una o varias personas, o en los extraterrestres, que llevan a cabo determinadas acciones orientadas a alcanzar sus objetivos.

Describes a los conspiracionistas como fervientes creyentes de las diversas versiones que se oponen a las historias oficiales que conocemos a través de los medios de comunicación, tales como la muerte de Lady Di, el asesinato de John Kennedy, los atentados del 11 de septiembre o las posibles visitas de los extraterrestres a la Tierra.

¿Te das cuenta? Sueles meter a los extraterrestres por medio. ¿Sabes por qué? Porque de esa manera desprestigias la posición de quienes dudan de las versiones oficiales, con quienes no estás de acuerdo.

Por ese camino algunos destacaron una de las fotos tomadas durante los atentados de 2001 en Nueva York: hubo “conspiranoicos” que quisieron ver la cara del maligno dibujándose entre las volutas de humo y polvo. Resultó evidente que la imagen estaba retocada digitalmente, pero ¿cuál crees tú que era la intención del autor del retoque? ¿Una broma? ¿O una cortina de humo, valga la redundancia?

Creo que estamos de acuerdo en que la idea de una conspiración llena ese vacío que se produce cuando no encontramos respuestas coherentes a nuestra necesidad de dar una explicación racional a los hechos.

Pero llegados a este punto, prefieres pensar que los que barruntamos conspiraciones estamos delirando o padecemos algún tipo de enfermedad mental, ¿a que sí?

El doctor Patrick Leman, psicólogo de la Royal Holloway londinense, tiene una explicación alternativa:
«Mi investigación sugiere que la gente tiende a pensar que un acontecimiento significativo o de gran magnitud tiene que estar causado por algo similar en cuanto a su magnitud, significado o poder».
La historia de las teorías conspirativas es más corta de lo que suponemos –nos cuenta Peter Knight, de la Universidad de Manchester–; su origen hay que buscarlo a finales del siglo xviii, cuando algunos empezaron a vincular la Revolución Francesa con ciertas sociedades secretas como la Masonería o los Illuminati.

Para el autor de Conspiracy Culture. American Paranoia from the Kennedy Assassination to The X-Files (2000) el auge de las teorías de la conspiración tiene que ver con la pérdida de credibilidad en el poder establecido. Dice Knight:
«El auge de esta línea de pensamiento es directamente proporcional a la pérdida de confianza en sus autoridades». («Historia de las teorías conspirativas». BBC, 11/09/2007)
Lo dudo. Tú también dices haber perdido la confianza en quienes nos gobiernan pero, aún así, no compartes la sospecha de la posible existencia de fuerzas que conspiren bien sea para tomar el control del estado, de nuestras mentes o incluso de nuestros cuerpos. Crees, como sugieren los medios, que tales ideas emergen de los grupos antisistema o que son una especie de Agitprop[1]. Tiendes a olvidar que el poder también es vulnerable a tales teorías: durante el macarthismo[2] se sospechaba de casi todo el mundo por estar al servicio del comunismo. Se sospechaba, se acusaba y se castigaba.

No obstante, –según Knight– la cultura de la conspiración no se limita a los delirios paranoicos de unos cuantos chiflados de la extrema derecha. Hoy está mucho más extendida.

Tú mismo, que estás tan orgulloso de pertenecer a la única especie que ha sido capaz de abandonar el planeta e ir de visita por el espacio, te indignas ante quienes dudan que eso sea tan cierto. Y puedes llegar a suscribir expresiones como ésta:
«Como sucede con todas las especies, entre los humanos existen especímenes con menos sentido común, menos inteligencia y menos escrúpulos; y en el tema que nos compete, esos especímenes son denominados “conspiranoicos”, creadores de las más ridículas teorías conspirativas sobre la llegada del hombre a la Luna». («El hombre llega a la luna». Taringa)
Te indigna que se afirmen cosas en ausencia de pruebas, y, probablemente, en este tema tienes razón. Reconoce, no obstante, que tiendes a creerte, sin cuestionar, cualquier información de las que te llegan a través de la televisión u otros medios de comunicación masiva. ¿De dónde salen esas informaciones? Tú bien lo sabes: de los servicios de inteligencia, las más de las veces. Pero no, ellos no van a engañarte, no: ¿por qué iban a hacerlo?

Los conspiranoicos –me dices– pensamos que todos los sitios de comunicación mienten, desinforman, manipulan. Salvo esos sitios que abundan por la Internet haciendo acopio de todo tipo de conspiraciones. Esos –ironizas–, «siempre dicen la verdad».

No, no siempre dicen la verdad. Algunos mienten, inventan o juegan. Otros sirven, eso sí, como cortinas de humo pues nos desvían del tema para que no veamos lo importante. Y lo importante no reside en las respuestas que puedan darnos, sino las preguntas que nos hacen.


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[1] El Agitprop o propaganda de agitación es una estrategia política, generalmente de tendencia comunista, difundida a través del arte o la literatura para influir sobre la opinión pública y de este modo obtener réditos políticos.
[2] El macarthismo se desarrolló en los Estados Unidos entre los años 1950 y 1956. Durante ese periodo, el senador Joseph McCarthy (1908-1957) desencadenó un proceso de delaciones, acusaciones infundadas, denuncias, interrogatorios, procesos irregulares y listas negras contra personas sospechosas de ser comunistas.


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