sábado, 23 de mayo de 2015

El hombre de la mano invisible

Estoy seguro de que más de una vez te hablaron de la mano invisible. De no ser así, me gustaría que me lo dijeras en los comentarios, más abajo.

En realidad, la mano invisible no existe: no es más que una metáfora para referirse a la capacidad de autorregulación que, según dicen, posee el mercado libre. Insisto, no hay nadie que tenga una mano invisible, pero sí hay alguien que la tuvo en su cabeza. El hombre de la mano invisible era un escocés: Adam Smith.

Fue en 1759, cuando Adam Smith (1723-1790) escribió sobre ella por primera vez. Lo hizo en su 'Teoría de los sentimientos morales' primero y, años más tarde, la retomó en 'Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones' (1776). Esta obra hizo que el filósofo de Kirkcaldy pasara a la historia como uno de los fundadores de la economía clásica. Los otros dos son británicos como él: David Ricardo (1772-1823) y Thomas Malthus (1766-1834). Sobre ellos profundizaremos en otra ocasión.

Según Adam Smith, la riqueza de las naciones procede del trabajo. Su obra magna fue el primer estudio completo y sistemático del proceso de creación y acumulación de la riqueza. Es cierto que tanto los mercantilistas como los fisiócratas habían abordado antes este tema, pero sin alcanzar el carácter científico presente en la obra de Smith. De hecho, ya era muy conocida y utilizada la expresión laissez-faire que popularizó el fisiócrata francés Vincent de Gournay (1712-1759), hacia 1750.

La frase completa de Gournay era:
«Laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même». (Dejen hacer, dejen pasar, el mundo va solo). 
Conviene recordar que los fisiócratas franceses del siglo xviii deseaban una completa libertad en la economía: libre mercado, libre manufactura, bajos o nulos impuestos, libre mercado laboral y mínima intervención de los gobiernos. ¿Liberalismo avant la lettre? Lo cierto es que estaban en contra del intervencionismo del gobierno en la economía, además de abogar por la despolitización del Estado, para asegurar la libertad política y social.

El hombre de la mano invisible se oponía a la visión hobbesiana al sostener –en contra de Hobbes–  que no es el egoísmo lo único que mueve a los humanos, sino que la empatía también forma parte del proceso psicológico. Los humanos somos capaces –decía Smith– de ponernos en el lugar del otro sin esperar obtener un beneficio a cambio. Según Smith, dicha empatía, sumada al egoísmo racional enunciado por Thomas Hobbes (1588-1679), llevaría a los humanos a disfrutar de un bienestar general movidos por la mano invisible del mercado.

Más tarde profundizaría en el importante papel que la competencia juega en el proceso del mercado libre. La tesis central de 'La riqueza de las naciones', afirma que la clave del bienestar social está en el crecimiento económico, al que llegamos a través de la división del trabajo y la libre competencia.

La división del trabajo aumenta a medida que se amplía la extensión de los mercados. Los mercados extensos permiten la especialización que a su vez incrementa la cantidad producida y optimiza el tiempo de producción.

El filósofo escocés decía que el egoísmo revierte en el bien general de la sociedad contribuyendo a que la oferta y la demanda se equilibren mutuamente en beneficio de los precios y el mercado. El egoísmo al que apelaba Adam Smith era esencial para lograr el bienestar. Aparentemente, sin embargo, Smith incurría en contradicción con su defensa de la empatía, en su 'Teoría de los sentimientos morales'. ¿Egoísmo o empatía? De hecho, ¿cuántas veces hemos debatido los del Aletheia sobre si es el altruismo o el individualismo lo que caracteriza el comportamiento de los humanos?

En palabras de Smith:
«El hombre necesita casi constantemente la ayuda de sus semejantes y es inútil pensar que lo atenderían solamente por benevolencia. No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, la que nos lleva a procurarnos nuestra comida, sino el cuidado que prestan a sus intereses. Nosotros no nos dirigimos a su humanidad, sino a su egoísmo; y no les hablamos de nuestras necesidades, siempre de su provecho. La mayor parte de estas necesidades por el momento se satisfacen, como las de los otros hombres, por trato, por intercambio y por compra». («La división del trabajo». IS-LM. Blog de economía y finanzas. 07/02/2014)
La mano invisible, se convirtió en una de las reglas de oro de nuestro sistema económico sobre la que existe un consenso mayoritario. Para Luis Fernando López Silva, tal consenso se forjó, todo hay que decirlo, «a base de mucha propaganda interesada por los sectores económicos dominantes».

Dice López Silva:
«No seré yo quien niegue la mayor y me atreva a señalar que la teoría de la mano invisible sea una bagatela económica, porque sin duda, es una construcción teórica con unos fundamentos sólidos y una experiencia práctica económica que ha propiciado cotas de bienestar como jamás se han alcanzado con otros sistemas económicos. No obstante, el problema de la archiconocida mano invisible es que su excelente funcionamiento requiere, según los expertos y el propio Adam Smith, de tradiciones sociales de alta moralidad y contextos económicos con muy pocas reglas, pero claras y muy vinculantes, es decir, sin resquicios de impunidad y que se cumplan». (López Silva, Luis Fernando: «Sobre la “mano invisible” y la visible». Hoy.es. Badajoz, 04/01/2015) 
Tales requisitos para nada se cumplen en España, que además –sigue López Silva– es un país con fama de pícaros.

A pesar de las evidencias, discrepo con el extremeño por dos razones:
  1. Pícaros los hay en todas partes, también en Nueva York; 
  2. La mano invisible permite la acumulación de la riqueza en muy pocas manos creando enormes desigualdades. Y esto pasa tanto en España, como en países menos regulados como los Estados Unidos o el Reino Unido. 
La mano invisible tenía como misión la de corregir las contradicciones que genera la competencia. Pero, ¿acaso es posible llegar a disfrutar de un bienestar general partiendo de un sistema basado en el egoísmo individual?  

Smith creía que sí. ¿Y tú?

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